
Debí de llegar equivocado. Un lance, un pequeño desvío en ese entreacto que fluctúa entre el bicho de movimiento linfático y uniforme y el proyecto más o menos conseguido de lo corpóreo. Me quedé en ese margen de error que otorga fiabilidad a las encuestas, porque la sociología es humana y el humano es errante, en el sentido de camino desandado y nueva senda. Ahora siento no haberme lanzado a buscar entonces un atajo certero que acabara con la agonía autoimpuesta. Ni aunque hubiera podido, que no se puede, porque todos estábamos y estamos unidos umbilicalmente a una fuerza mayor que empieza en el estómago y termina llevándote con los pies por delante, lo habría hecho. Ojalá termine pronto el vía crucis de las mentes toscas con fulminante precisión. Sin que quede huella, ni mota, ni vestigio de lo que el odio se guarda como remanente en la conciencia. Ojalá fuera igual que tú. Ni más ni menos. Me evitaría mucha soledad en derredor.

Ojalá nadie sea igual a nadie nunca.
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