
“¡Todos a la vez no, por favor! Pasen de uno en uno, como si no tuvieran nada que ver con sus precedentes y sin mirar fijo a los ojos de los que les suceden en penurias y desgastes emocionales. ¡Pasen, pasen rapidito! El tiempo de un café, un llanto seco y que entre el siguiente... Me avalan años de escuchas interesadas e interesantes, heridas no cerradas y almas suplicantes de cobijo”. En semejante consulta arrendada a cualquier voz rota de dolor no hay necesidad de diplomas de puntas desgastadas por el roce en la pared ni escritorios de caoba; no hay lapiceros ni fotos de familia en la casa de verano heredada de ancestros mutilados de trabajo y sacrificio que nunca llegaron a remilgar porque la vida les atajó el camino sin piedad y desacato. En su consulta no existen artilugios electrónicos porque no ha lugar para almacenar nada. Las emociones imprimen solas carácter y el carácter se forja entre iguales con los que competir. Si hubiera albergado talento de cirujano habría deconstruido el presente y fantaseado con un futuro tan estéril como apetecible a los cortos de miras. Empero, no lo tenía pero se movía como nadie en terrenos abonados por la infelicidad. Terrenos en los que terminarían ganándole sin casi percatarse de lo fútil de sus diagnósticos. En el papel de paciente –aunque abominablemente lo postergara hasta vencer la estadía hospitalaria- se sentía seguro. Se sentía curado de todo mal".
